
18/12/04 11:11 pm.
"A Oscar
Alfredo Gálvez..."
El pasado 16 de diciembre de este
año 2004, se cumplieron quince años del fallecimiento de Oscar
Alfredo Gálvez, un excepcional piloto argentino, uno de los
grandes ídolos -o el más grande- que entregó el automovilismo
argentino.
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Oscar Alfredo Gálvez -
Juan Manuel Fangio |
Powerby©.-
Luego de las consabidas "picadas" de su época, debutó en el Gran
Premio de 1937 con Ford, con el número 58. Su primera victoria
fue en el año 1939 al ganar el Gran Premio Argentino. Este sería
el comienzo de una de las fojas más brillantes del automovilismo
argentino.
Los hermanos Gálvez fabricaban sus propios autos,
rígidos, duros, cuadrados, pesados, prepararon el auto para que Oscar
corriera en 1937 las Mil Millas Argentinas, y Juan logró acompañarlo,
modificando su documento, pues era todavía menor de edad, y el
anecdotario señala que perdieron el segundo puesto por perder tiempo en
cambiar la correa que ataba el capot (que se cortaba por ser un cinturón
común de pantalones).
En 1939 participaron en el Gran Premio Getulio Vargas,
en que los Gálvez rompieron el diferencial, lo ataron con alambre y
continuaron, pero sobre el final volcaron, se reacomodaron y llegaron
segundos, atrás de Juan Manuel Fangio.
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Oscar Alfredo Gálvez - Ford 35 |
En 1940 tuvieron un tremendo vuelco al caer a un
precipicio, y decidieron comenzar a usar casco. Oscar -lo que son las
épocas- consiguió uno de paracaidista y Juan otro de los que usan en los
tanques de guerra. Esos eran los tiempos con anécdotas pintorescas de
los pioneros de esta actividad. Y fueron muy buenos mecánicos,
inventores y técnicos que fabricaban nuevas piezas y probaban ingeniosas
soluciones.
Para la estadística quedan sus cinco
campeonatos del TC obtenidos en 1947, 1948, 1953, 1954 y 1961; sus
43 victorias y su participación en la F1 en el Gran Premio de la
Argentina de 1953 logrando un quinto puesto con una Maserati.
Participó, también, en Autos Especiales donde fue campeón en 1949.
Debe recordarse que fue el primer argentino en ganarle a los grandes
pilotos extranjeros en aquella espectacular carrera disputada en
Palermo el 6 de febrero de 1949, corrida con lluvia, al comando de
su Alfa Romeo 3800, en lo que fue posteriormente la Fórmula 1.
En la vuelta de Junín de 1964
tripulando un Ford Falcon se despidió de la práctica activa del
automovilismo, aunque siguió ligado a éste y a la marca de toda su
trayectoria deportiva a nivel nacional.
Falleció el 16 de diciembre de 1989.
El Aguilucho. Un
hombre poco común
Por Alfredo Parga
Especial para La Nación. Año 2000
¿Qué cosa admirar más
en Oscar? ¿Su tenacidad? ¿Su vergüenza? ¿Su entrega?
De buenas a primeras
salta que Oscar fue un luchador que no se dio nunca por vencido.
Hasta el código de su actitud con la gente lo impulsaba a
terminar una carrera -cualquier carrera- llegando a todas partes
y en la posición más imposible. Simplemente porque la gente lo
esperaba. Como aquella noche de Tucumán, cuando hombres, mujeres
y chicos se mojaban indiferentes para recibirlo entusiasmados
cuando ya habían dado las diez. Es que se sabía que Oscar no
decepcionaba a la gente.
Así nomás. Un tiempo
feliz cuando de por medio no se operaba con la moneda de la
hipocresía y la victoria era una propuesta a la que sólo se
podía acceder con genuina capacidad.
¿Su idoneidad? ¿Su
conocimiento? ¿Su particular estrategia?
La gente todavía no lo
había identificado plenamente, agostándose los años cuarenta
cuando alguna petulancia parecía ser la forma que él adoptaba
para formular sus juicios. ¿Fanfarrón? Oscar no desconocía que
muchos creían encontrarse con un vanidoso de marca mayor. Listo
para declaraciones huecas sobre posibles, pero improbables
triunfos que nunca alcanzaría. Y no.
Oscar decía que los iba a
dejar atrás a todos. Y lo hacía. Como cuando en el GP del Norte
se descolgaba por las montañas de una América joven, impulsando
al fatigado crítico Pedro Fiore a calificarlo como un
"Aguilucho", por aquello que explicaba hasta
enfervorizado:"Oscar se adelantó a 29 coches corriendo por
lugares en los que únicamente puede avanzar una máquina. Ha
debido volar para dejarlos atrás. No es un hombre común".
Y en la Buenos Aires que
todavía sacudía la modorra de sus siestas con los chirridos de
tranvías sosegados, aquel muchacho de voz cascada y manos que
movía como aspas de molino, creaba cuidadosamente una imagen que
no era sobredimensionada. No se trataba de un corredor común.
Podía volar con su auto. No había ningún otro capaz de
hacerlo...
¿El camino o la pista?
Oscar se sentía más a gusto en el camino. Es que el camino le
permitía echar a volar una de sus más formidables armas: la
improvisación. Oscar improvisaba a mil kilómetros por hora. Y,
en una de esas, recurría a un pedazo de madera para reforzar un
diferencial desvencijado para que su coche, aunque
arrastrándose, llegara al final de un camino donde sin
protocolos ni privilegio de posiciones, se lo esperaba siempre.
El, corriendo, únicamente
corría contra él. (...)
Con los demás, competía. Y sin reparar ni en pelos ni en marcas,
ofrecía el precioso regalo de su opinión. Marcos Ciani, que se
zafaba dos veces de la muerte, y que hoy se ayuda con un bastón
para seguir siendo aquel imponente muchacho de Venado Tuerto, no
necesita de remilgo alguno para recordar cuando llegaba
desanimado a Buenos Aires sabiendo que su Chevrolet "apenas"
tenía 160 kilómetros de velocidad final. Creyendo que tal cosa
no servía.
Marcos se presentaba
torpemente al estrechar la mano de aquel muchacho diplomado en
la universidad de un taller mecánico porteño, leyendo en sus
ojos grises la sinceridad.
Le confesaba su
desaliento. Oscar lo interrumpía. Colocaba una de sus nerviosas
manos en el alto hombro de Marcos, le apuntaba a los ojos y
dejaba caer sin solemnidad alguna:"Mirá, si vos tenés 160 en tu
auto, ganás. Los que hablan de velocidades fantásticas,
únicamente las tienen en sus sueños. Esos coches quedarán atrás
del tuyo. Hasta el mío..."
Ciani no necesita
repasar ninguna historia para saber que aquel juicio resultaría
verdad absoluta. Y desde la formal seriedad que acompaña al
inmenso hombre que dos veces estuvo en tratos con la señora
definitiva, redondea:"Para hablar de Oscar, yo me pongo de pie".
Y lo hace hoy mismo, cuando el bastón le presta auxilio para
levantar su imponente humanidad en un conmovedor homenaje.
(...)
¿La pista? Oscar estuvo más cerca que el propio Fangio de correr
en Europa. Y antes. El destino, ese poder indescifrable para el
entendimiento de la gente común, iba a disponer que el
introductor de Oscar en Europa, Achille Varzi, se matara en
Berna, en 1948, a menos de 80 km/h. El viejo ídolo golpeaba con
la cabeza contra el instrumental de su Alfetta; se abría un
corte en la frente y Varzi aparecía como un muñeco roto
definitivamente.
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Oscar Alfredo Gálvez -
Cupé Ford |
Gálvez, que lo vería
todo, lamentaría siempre la pérdida de Varzi como la de quien lo
había entusiasmado corriendo coches especiales. Oscar no se
lamentaría nunca cuando advertía que aquella puerta que estaba
abriendo en Europa, se cerraba con el mismo ruido con el que
golpeaba la tapa del ataúd de Varzi, mientras Italia se abrumaba
con un silencio conmovedor.
Y no se ufanaría nunca de
ser el primero que conseguía derrotar a los pilotos extranjeros
en febrero de 1949, cuando con el pesado Alfa 3.8 iba cazando a
todos sus adversarios, uno por uno, para ganarles debajo de una
lluvia que encharcaba los vericuetos del asombrado bosque de
Palermo.
El propio Juan Manuel
Fangio definiría con el tradicional ingenio de lúcido
paisano:"Oscar nos demostraba que los europeos no eran súper
hombres. Que se les podía ganar". El hombre de Balcarce haría
después otro tanto, hasta el cansancio.
¿Maestro? Héctor "Pirín"
Gradassi, bajo el suave techo azul del cielo de Córdoba,
desprende con parsimonia sus palabras. La mirada perfora los
cristales de sus anteojos, revisándolo todo mientras
ordena:"Hacía las veces de asesor en el equipo Ford y lo
escuchábamos cuando se lo pedíamos. Tenía una habilidad notable
para no cansarnos con sus viejas glorias ni enseñarnos nada que
no supiéramos. Un tacto especial. Cuando con Nasif (Estéfano) o
Traverso necesitábamos de él, lo teníamos. Ahí, sí. Para
orientarnos mejor por un camino que él había hecho mucho
antes".
Gradassi esbozará una
liviana sonrisa al precisar: "Recuerdo cómo saltaba sobre una
mesa para hacer flexiones cuando algún despistado ponía en duda
que siguiera siendo el mismo Oscar que todos habían conocido
muchos años antes".
Gradassi, pronto a ser un
hombre de consulta en su provincia, sólo tiene respeto por
Oscar. Una moneda que no es de uso frecuente en este tiempo de
"toma y daca", con facturas que se emiten sin recibo alguno.
El tiempo es un
insobornable testigo. Permite separar la paja del trigo. Gradúa
a los hombres por lo que realmente valieron y no por lo que los
hombres creían valer. Se conmovía cuando le daba su nombre al
autódromo. Apenas vacilaba cuando se recordaba el polémico
remate de "La Caracas".
No levantaba la voz para
seguir afirmando que él había ganado la carrera, pero aceptaba
el fallo de los hombres que después de ser sus jueces,
terminaban siendo sus amigos.
Se marchó a media mañana
del 16 de diciembre de 1989. Pasaron más de diez años. ¿Y qué? (...)
Pepe Diez era, en aquel
entonces -década del 60-, un joven impulsivo que conducía el
vehículo que la empresa le entregaba para acompañar las
alternativas del Gran Premio. Y para que Ford informara con
exactitud sobre las contingencias que otorgaba la gran carrera.
Hubo una vez que, llevado
un poco por la impericia y otro tanto por su entusiasmo, aquel
vehículo, con Pepe en el volante y Oscar a su lado, en el
inusual rol de acompañante, volcaba en un arisco retome de la
ruta de la Gran Carrera.
Pepe, cuando se
restablecía la normalidad en la postura del abollado automóvil,
mientras el polvo del tumbo todavía galopaba alterado, sentía
que aquello podía tener consecuencias nada favorables en su
carrera administrativa.
Oscar, adivinándolo,
sonreía y encontraba la solución casi sin inmutarse. "No te
aflijas, pibe. Vos decí que yo manejaba cuando volcamos y listo.
Tengo tantos de éstos que uno más... ¿qué importa?
Desde Madrid, Pepe Diez
recuerda hoy la formidable actitud, por primera vez
desempolvada. Y renueva permanentemente su agradecido homenaje.
Así era Oscar.
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Restyling Falcon - bocetos
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Pb.- Hace 19 años
caminando Bs. As. buscando los contactos y la guía para lograr
un sueño, el sueño de diseñar autos y crear una empresa
automotriz 100% Argentina y mientras estudiaba la carrera de
Diseño, no dejé de intentar ver estas personalidades que
hicieron grande nuestro querido deporte; como hacedores y
distintos profesionales del automovilismo y su industria; y como
todo en la vida, uno se encuentra con distintos tipos de
personas y personajes, tuve éxito y la suerte de encontrar gente
como Oscar, que sin conocerme y sin venir de parte de quién, me
dio parte de su tiempo, me mostró su pequeño "museo" -en una
concesionaria de Av. Cabildo- , me aconsejó -criticó bocetos- y
me alentó a seguir, además de contarme anécdotas y explicarme la
técnica de sus fierros -sus autos- ahí presentes, amén de sus
conocimientos de la industria, ni hablar de su amor y pasión por
Ford, aunque hablaba con la misma dedicación de otras marcas y
rivales.
Está todo dicho y escrito de y
sobre Oscar, hasta habría que inventar sinónimos para seguir
haciéndolo, un tipazo, un señor, siempre con una sonrisa y
predispuesto; y este relato, mi relato, es simplemente una
vivencia para certificarles su grandeza, y demostrarle aunque
tarde mi gratitud, al igual que a otros "Señores" de la
industria, los Ing. J.T. y especialmente a G.M., que me abrieron
muchas puertas... pero que lamentablemente por errores
propios... aún no he logrado concretar mis sueños".
Hoy 19 años tarde, les digo gracias....gracias
Aguilucho!
emch
Powerby©.
Donde la pasión vive.
... .......
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